Origen del Nombre

«ATHLETAE CHRISTI»
Diácono Alejandro Laguado S.

En la historia de los cristianos de la Iglesia primitiva e indagando en las páginas alentadoras de varias obras de autores autorizados que constituyen documentos de investigación serios y objetivos, he querido extraer las narraciones de los momentos estelares de aquella época en que muchos santos varones y mujeres, dieron testimonio con sus vidas de su amor a Cristo y a la Buena Nueva del Evangelio, por Jesús anunciado.

El escritor contemporáneo Llorca Bernardino (1976), haciendo referencia en su obra «Historia de la Iglesia» al glorioso testimonio de aquellos cristianos de los primeros siglos, donde San Saturnino refiriéndose a las actas auténticas de un autor anónimo, expresaba: «Comienzo a escribir, tomándolo de las actas públicas y las nuevas batallas llevadas a cabo por los esforzados «atletas e invictos soldados de Cristo».

Era muy común en el populacho de aquella época cruenta del Imperio Romano, que y la esperanza con que aquellos testigos afrontaban su suplicio en la arena, recibían de ese pueblo el apelativo de «atletas de Cristo». Término éste también empleado por San Pablo en sus cartas dirigidas a los primeros cristianos.

En tal sentido, es oportuno el resumen del texto titulado: «Actas de los mártires», para meditar, reflexionar y exhortar, los Atletas de Cristo sobre el valiosísimo testimonio de aquellos que dieron su vida o confesaron su adhesión a la Fe de nuestra Iglesia por Jesús fundada. Sirva para nuestra actual y futura actividad misionera que debemos desplegar, anunciando la Buena Nueva en el siglo XXI.

Nuestro testimonio debe ser valiente, con la gracia de Dios, imitando a los cristianos de aquella época cruenta desde Nerón hasta Constantino. Estas persecuciones de los tres primeros siglos de la Iglesia, se dieron en el período del año 64 hasta el 313, año en que Constantino permitió la pública vivencia del cristianismo en el Imperio.

De ahí la importancia de considerar en la vivencia de la Fe, el testimonio: «Seréis mis testigos…hasta los confines de la tierra (He 1,8). En latín se dice «testes», en griego se dice «martyres»; entonces, decir: «somos testigos», equivale a decir «somos mártires».

Vale decir también que Dios quiso tener por testigos a los hombres, a fin de que los hombres tengan también por testigo a Dios, y con esto recordamos gratamente la promesa de Jesús: 

«Yo os digo: todo el que se declare por Mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios. Pero el que me niegue delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios» (Lc 12,8)

Y ya Jesús, en la misma tarde de la resurrección, a sus discípulos, les abrió la inteligencia para que comprendieran las Escrituras y les dijo:

«Así está escrito que Cristo tenía que padecer y resucitar al tercer día y se predicara en su Nombre la conversión para el perdón de los pecados a todas lasnaciones, empezando desde Jerusalén. Ustedes son testigos de estas cosas. Miren, Yo voy a enviar sobre ustedes la promesa de mi Padre. Por su parte permanezcan en la ciudad hasta que sean revestidos de poder desde lo alto» (Lc 24,45-49).

De igual modo Lucas narra este hecho durante la Ascensión donde también el Señor les dice:

«reciban la fuerza del Espíritu
Santo, que vendrá sobre ustedes, y serán
mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y
Samaria, y hasta los confines de la tierra»(He 1,8)

 Es por ello, que los apóstoles con la fuerza del Espíritu Santo recibieron el empuje y el ardor para dar testimonio de estas cosas sobre la vida, la enseñanza, la muerte y resurrección de su Maestro, con la plena confianza de que el Señor estará con nosotros:

«todos los días hasta el fin del mundo»(Mt 28,20).

 En este orden de ideas, vemos que lamisión esencial de un apóstol y discípulo, es ser «testigo de Jesús».En el designio divino apreciamos la misión de San Pablo, apóstol de los gentiles, quien en su discurso a los judíos de Jerusalén, narra su testimonio de conversión, ocasión en que Ananías le impone las manos y le dice:

«El Dios de nuestros padres te ha destinado para que conozcas su Voluntad, veas al Justo, y escuches la voz de sus labios, pues le haz de ser testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído» (He 22,14-15) 

despedida, que pronuncia en el Puerto de Mileto ya hacia el fin de sus días, manifiesta el orgullo que siente de haber sido fiel a su misión de testigo y de su pronta disposición de consumar su testimonio con su propia vida:

«Miren que ahora yo, encadenado en el
espíritu, me dirijo a Jerusalén, sin saber lo
que allí me sucederá, solamente sé que en
cada ciudad el Espíritu Santo me testifica
que me aguardan prisiones y tribulaciones,
pero yo no considero mi vida digna de
estima, con tal que termine mi carrera y
cumpla el ministerio que he recibido del
Señor Jesús, de dar testimonio del Evangelio
con la gracia de Dios»… «Y ahora yo sé
que ya no volverán a ver mi rostro ninguno
de ustedes entre quienes pasé predicando
el Reino. Por esto les testifico en el día de
hoy que yo estoy limpio de la sangre de
todos, pues no me acobardé de anunciarles
todo el designio de Dios» (He 20,22-27)

De este modo, todo el libro del los «Hechos de los Apóstoles» da fe de cómo los discípulos, aun a riesgo de su vida, testifican la resurrección de Jesús, y vale decir, que todo este libro de San Lucas se constituye en las primeras y más auténticas «actas de los mártires». Juan cuando escribía el Apocalipsis, en tiempos de persecución contra la Iglesia naciente en el Asia, destinaba sus escritos a levantar y afianzar la moral de los primeros cristianos y unía sus mensajes a las palabras de Jesús:

«Ánimo, Yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).
 

Junto al mártir, testigo de siempre, aparece también el de «confesor», como aquel que ha dado testimonio de su Fe, pero su testimonio no con la efusión de su sangre. Este ser «confesor», está ratificado por Jesús en Mt 10,32-33.

Esta obra fue pintada por s.Daniela Bertollini y se encuentran en la Ermita de la Eucaristía de Athleate Christi.